En Budapest un barman me contó la siguiente historia que le había contado su padre, y a éste su abuelo y a su abuelo...
En la ciudad de Buda vivía un noble magyar que lo tenía todo; o al menos, pienso ahora, aquello que para el primero en armar el relato era todo.
Habitaba en la mansión familiar. Poseía caballos finos que eran su única debilidad, además de las putas, por cierto finas. Su descendencia estaba asegurada por una prole de madre de antiguo linaje. El sistema feudal le garantizaba privilegios, bienes y sumisiones humanas.
Sin embargo el Quejoso, como lo apodaban, que saltaba de caballo a puta, de éxtasis de santo a excesos de libertino tenía la obsesión de la queja.
A quien tuviera de víctima momentánea, o fija en el caso de los siervos, no paraba de relatarle sus innúmeras desgracias. Esto siempre en el interregno entre placeres.
Era la suya una manera tan convincente y veraz de contar sus pesares que el oyente adquiría para siempre la enfermedad de la queja.
Lo que nadie sabía era que el Quejoso disfrutaba muchísimo de sembrar en los demás un defecto que en realidad no tenía.
El barman movía la coctelera de plata cuando me guiñó un ojo: "Lo se bien porque el abuelo del abuelo del abuelo de mi abuelo era el Quejoso. Y míreme a mí. Mi desgraciado destino ... siendo descendiente de unas de las más antiguas y nobles familias húngaras por el comunismo ateo acá estoy, un sirviente más en ..."
En ese momento un resorte me impulsó de mi sitio. En la misma pirueta puse una propina sobre el mármol, me di vuelta enfilando hacia la salida y dejé al hombre lamentarse solo.
Si bien por venir de donde venía ya debía estar inmunizado contra el mal en cuestión nunca me gustó tentar al Maligno.
Difícil de complacer
Trío
Hace seis años que duermo con ellas. Seis años se cumplen hoy de aquella mañana en que llegaron a casa para no irse; al menos hasta este día. Tan distintas entre sí y sin embargo unidas para mi placer y relax.
Una es sinuosa. Con meandros deseados que hacen dudar quién es el satisfecho, quién el sojuzgado, si es que hay tal división. Lo cierto es a la noche del otro lado del cuadrado gozoso una forma se adapta a la tuya; oquedades repletas, espirales enredadas y pliegues que la memoria erige anhelando en el progreso curvo de las horas como un marino que sentado en el bar del puerto bebe su trago que cae por la garganta ahora que en este banco viaja inmóvil por la hendidura que el río abre en la espesura verde. El deslizarse de la barcaza llevando los largos troncos recién cortados por la base, expoliados de ramas y hojas, los cilindros navegantes de las curvas que son las caderas de la esquiva y a la vez acogedora muchacha que es el río.
Una es sinuosa. Con meandros deseados que hacen dudar quién es el satisfecho, quién el sojuzgado, si es que hay tal división. Lo cierto es a la noche del otro lado del cuadrado gozoso una forma se adapta a la tuya; oquedades repletas, espirales enredadas y pliegues que la memoria erige anhelando en el progreso curvo de las horas como un marino que sentado en el bar del puerto bebe su trago que cae por la garganta ahora que en este banco viaja inmóvil por la hendidura que el río abre en la espesura verde. El deslizarse de la barcaza llevando los largos troncos recién cortados por la base, expoliados de ramas y hojas, los cilindros navegantes de las curvas que son las caderas de la esquiva y a la vez acogedora muchacha que es el río.
La otra es dura. Me amortigua con resistencia. Me obliga a tener conciencia del cuerpo aún en el abandono. No se ofrece. Me recibe persistiendo y afrontándome geométrica, sin cejar. Es una goleta en una tarde de brisa de cristal que mece a los tripulantes en cubierta, una voz múltiple que corta un instante el ruido del mar a la entrada del estuario. Sus velas siguen al bauprés que hiende la frontera luminosa... marca y fin de la travesía. Herida, tajo en el agua, puñalada en el aire, vértigo calmo en que me apoyo para caer por el tobogán que me come.
Entre ellas no hay peleas. Son igualmente requeridas, cada una por sus virtudes. Responden a mis piernas y brazos abarcándolos. Enredados en una. Ciñendo un perdurar efímero en la otra. Silenciosos ideogramas que los tres cuerpos trazan en la oscuridad del espejo mudo.
Hoy a la mañana una cayó al suelo. Yo me desperezaba y sin querer le di un empujón mientras la otra se henchía en un largo suspiro. Salí de la cama me estiré y la levanté tomándola de la etiqueta que sobresale de la funda. En un vuelo corto fue a parar sobre su compañera.
"QUEEN D7 una excelente almohada hecha para el confort y el relax. Porque si no la probó usted no descansó hasta ahora".
"QUEEN D7 una excelente almohada hecha para el confort y el relax. Porque si no la probó usted no descansó hasta ahora".
Soler suele a veces decir sí
Soler a veces se preocupa demasiado. Sobre todo cuando tiene que decir sí cuando querría decir no. Esto lo pone de mal humor. Lleva la contradicción dentro suyo reflejada en la cara. Son las 5 de la tarde. Está en la calle. Va a encontrarse con Ella...
La vio por primera vez en casa de Santiago donde Soler solía jugar al póker una o dos veces por semana. Le gustó la forma en que Ella lo miraba directo a los ojos, colgada del brazo de Santiago, al que llamaba todo el tiempo 'Amor'.
Luego se cruzaron en alguna fiesta aquel invierno en que Soler festejó su cumpleaños 30 tomando copas en un bar del Bajo. Ella tenía entonces 19 años. Aquella noche entre las dos puertas de vidrio que los aislaban del frío Ella lo besó y le puso un sobre celeste en el bolsillo del saco cuando 3 bocinazos los llamaron desde la calle. Soler leyó y releyó la nota: "Mañana a las 5 en casa. Te quiero. E.".
Se tomó un wisky. Se lavó los dientes. Se acostó sabiendo que soñaría con Ella, cosa que solía ocurrirle desde el día en que la había conocido...
Ella le tira el llavero envuelto en un repasador que baja los doce pisos en un instante para caer en el centro de las palmas de Soler, entrenado ya por años en este deporte. Abre la puerta de vidrio y metal. Sube los doce pisos mejorando la imágen del espejo. Como suele, toca timbre antes de abrir. Ella lo recibe radiante. Se ha arreglado especialmente para él. Sabe que esto a Soler le encanta. Le exige que la ayude a cumplir sus planes. Lo envuelve con cataratas de palabras; todas frases coherentes por separado, pero cuando Ella por fin se calla para moverse por la casa como gacela en peligro, buscando algo que encuentra para pasar a la búsqueda siguiente, Soler siente vértigo y frío al repensar lo escuchado. Es el discurso de una depredadora. Ella es un animal hermoso con instinto de perseverar aunque vengan degollando y está dotada para hacerlo o conseguir quien le alivie la carga.
Ella decide y planifica todo. Es una avezada estratega que sabe bien que el mapa no es el terreno. Ella obligó a Soler a presenciar la escena callejera en la que informó a Santiago que lo dejaba por él. Santiago los insultó fuerte, les deseó las peores desgracias. Fue tal la violencia verbal que no faltaron ni público ni la intervención policial.
Ella se sienta frente a él. Lo mira fijo apurando la definición. Soler dice a todo que sí.
Ella se le tira encima, lo besa, le mordisquea el cuello. El le sonríe. Ella le gime urgentes deseos al oído. El vuelve a sonreir. Luego se desnudan. Se estiran sobre la sábana celeste. Soler suele mirar en momentos como éste los cuerpos unidos nadando en el espejo.
Soler a veces, como ahora, es feliz.
La vio por primera vez en casa de Santiago donde Soler solía jugar al póker una o dos veces por semana. Le gustó la forma en que Ella lo miraba directo a los ojos, colgada del brazo de Santiago, al que llamaba todo el tiempo 'Amor'.
Luego se cruzaron en alguna fiesta aquel invierno en que Soler festejó su cumpleaños 30 tomando copas en un bar del Bajo. Ella tenía entonces 19 años. Aquella noche entre las dos puertas de vidrio que los aislaban del frío Ella lo besó y le puso un sobre celeste en el bolsillo del saco cuando 3 bocinazos los llamaron desde la calle. Soler leyó y releyó la nota: "Mañana a las 5 en casa. Te quiero. E.".
Se tomó un wisky. Se lavó los dientes. Se acostó sabiendo que soñaría con Ella, cosa que solía ocurrirle desde el día en que la había conocido...
Ella le tira el llavero envuelto en un repasador que baja los doce pisos en un instante para caer en el centro de las palmas de Soler, entrenado ya por años en este deporte. Abre la puerta de vidrio y metal. Sube los doce pisos mejorando la imágen del espejo. Como suele, toca timbre antes de abrir. Ella lo recibe radiante. Se ha arreglado especialmente para él. Sabe que esto a Soler le encanta. Le exige que la ayude a cumplir sus planes. Lo envuelve con cataratas de palabras; todas frases coherentes por separado, pero cuando Ella por fin se calla para moverse por la casa como gacela en peligro, buscando algo que encuentra para pasar a la búsqueda siguiente, Soler siente vértigo y frío al repensar lo escuchado. Es el discurso de una depredadora. Ella es un animal hermoso con instinto de perseverar aunque vengan degollando y está dotada para hacerlo o conseguir quien le alivie la carga.
Ella decide y planifica todo. Es una avezada estratega que sabe bien que el mapa no es el terreno. Ella obligó a Soler a presenciar la escena callejera en la que informó a Santiago que lo dejaba por él. Santiago los insultó fuerte, les deseó las peores desgracias. Fue tal la violencia verbal que no faltaron ni público ni la intervención policial.
Ella se sienta frente a él. Lo mira fijo apurando la definición. Soler dice a todo que sí.
Ella se le tira encima, lo besa, le mordisquea el cuello. El le sonríe. Ella le gime urgentes deseos al oído. El vuelve a sonreir. Luego se desnudan. Se estiran sobre la sábana celeste. Soler suele mirar en momentos como éste los cuerpos unidos nadando en el espejo.
Soler a veces, como ahora, es feliz.
Relinchos
A la gente se la notaba nerviosa aquellos días. Todo se conjugaba para crear un ambiente caldeado, húmedo, espeso; atravesado por descargas eléctricas que lo detenían todo por un instante sin declarararse nunca la tormenta. Así estaban las cosas. Carestía sin control. Desamparo de saber que no hay cambio posible. Y el sádico anzuelo diario de ametrallarte con necesidades a satisfacer para no caer en el embudo del fracaso y deslizarse al inframundo de los sin retorno. Para mezclarse finalmente en el sálvese-quien-pueda de los excluidos de la gran hamburguesa envenenada de la ficción social.
Estaba pensando en lo anterior cuando me sorprendió el llamado de Bernárdez que no advertía nunca a nadie el paso que estaba por dar. Jamás anticipaba sus movimientos ni compartía confidencias con nadie. Bien, me llamaba para invitarme a comer y explicarme su plan de acción frente a la crisis.
Durante la cena me dijo en un tono serio de catedrático:
- Cuando empezamos a temer la crisis para un futuro próximo es en realidad cuando está en su esplendor. Lo que sentimos como crisis - prosiguió - son las exequias de la misma y el principio del fin. Lo consumado y sus consecuencias. Conceptos como ese vertía Bernárdez mientras me miraba fijamente con esa mirada penetrante que te vacía evitando que pienses.
- Guarda que Bernárdez te come el coco con los ojos - me había advertido Pochito antes de presentármelo hace más de dos décadas.
Bernárdez luego de una pausa de emperador en la que saboreó su vino me largó:
- Tenemos mucha guita invertida en los caballos. Yo más que vos, un setenta por ciento del paquete. Me temo que el (des)ajuste que harán en la economía va a joder todo, la rentabilidad, el cambio, las tasas de exportación, y la 'Tocate un vals'. Estos brutos van a aumentar el desempleo. En fin, mi viejo, lo de siempre, cada nueve años un descalabro programado para fugar capitales, y darle pista a los vampiros.- dijo esta última frase mientras se deleitaba con un trago de vino color sangre.
No me hubiera animado a hacer comentario alguno sobre sus juicios, ya que hubiera confirmado su sospecha sobre mi total falta de iniciativa en el mundo práctico. El único mundo real, el de los fenómenos tal y cual son. Sabía que a él no le importaba lo que ocurriera; pero consideraba imprescindible situarse en el bando correcto, el bando de los que sacan la mejor tajada. El bando de los que tiene 'la sartén por el mango y el mango también'. Y yo de sartenes o de depredador pragmático, nada. Pero el dinero... El dinero me gustaba con locura. Tenerlo, saber que ahí estaba. Era un nexo conservador que me aseguraba libertad. El tenerlo evitaba que me perdiera en mi naturaleza poco apta para la vida en sociedad. Mis intereses eran modestos: el sexo, nadar y la lectura. Tener tiempo y pensamiento propio me había dado cuenta desde chico eran la misma cosa. Por eso ahora escuchaba atento la movida genial que Bernárdez me traía servida...
Las cosas salieron de perlas. Vendí mi treinta por ciento del negocio a Bernárdez por un precio muy conveniente. Bernárdez no lucraba jamás con los suyos, esto también me lo había adelantado Pochito ya hace más de veinte años.
Con las ganancias compré esta casa rodeada de un parque enorme con árboles centenarios.
Puedo seguir cambiando amores. Tener todo el tiempo que quiero para la lectura.
Puedo zambullirme acompañado en mis sábanas o solitario en mi rectangular pileta de agua cristalina.
Estaba pensando en lo anterior cuando me sorprendió el llamado de Bernárdez que no advertía nunca a nadie el paso que estaba por dar. Jamás anticipaba sus movimientos ni compartía confidencias con nadie. Bien, me llamaba para invitarme a comer y explicarme su plan de acción frente a la crisis.
Durante la cena me dijo en un tono serio de catedrático:
- Cuando empezamos a temer la crisis para un futuro próximo es en realidad cuando está en su esplendor. Lo que sentimos como crisis - prosiguió - son las exequias de la misma y el principio del fin. Lo consumado y sus consecuencias. Conceptos como ese vertía Bernárdez mientras me miraba fijamente con esa mirada penetrante que te vacía evitando que pienses.
- Guarda que Bernárdez te come el coco con los ojos - me había advertido Pochito antes de presentármelo hace más de dos décadas.
Bernárdez luego de una pausa de emperador en la que saboreó su vino me largó:
- Tenemos mucha guita invertida en los caballos. Yo más que vos, un setenta por ciento del paquete. Me temo que el (des)ajuste que harán en la economía va a joder todo, la rentabilidad, el cambio, las tasas de exportación, y la 'Tocate un vals'. Estos brutos van a aumentar el desempleo. En fin, mi viejo, lo de siempre, cada nueve años un descalabro programado para fugar capitales, y darle pista a los vampiros.- dijo esta última frase mientras se deleitaba con un trago de vino color sangre.
No me hubiera animado a hacer comentario alguno sobre sus juicios, ya que hubiera confirmado su sospecha sobre mi total falta de iniciativa en el mundo práctico. El único mundo real, el de los fenómenos tal y cual son. Sabía que a él no le importaba lo que ocurriera; pero consideraba imprescindible situarse en el bando correcto, el bando de los que sacan la mejor tajada. El bando de los que tiene 'la sartén por el mango y el mango también'. Y yo de sartenes o de depredador pragmático, nada. Pero el dinero... El dinero me gustaba con locura. Tenerlo, saber que ahí estaba. Era un nexo conservador que me aseguraba libertad. El tenerlo evitaba que me perdiera en mi naturaleza poco apta para la vida en sociedad. Mis intereses eran modestos: el sexo, nadar y la lectura. Tener tiempo y pensamiento propio me había dado cuenta desde chico eran la misma cosa. Por eso ahora escuchaba atento la movida genial que Bernárdez me traía servida...
Las cosas salieron de perlas. Vendí mi treinta por ciento del negocio a Bernárdez por un precio muy conveniente. Bernárdez no lucraba jamás con los suyos, esto también me lo había adelantado Pochito ya hace más de veinte años.
Con las ganancias compré esta casa rodeada de un parque enorme con árboles centenarios.
Puedo seguir cambiando amores. Tener todo el tiempo que quiero para la lectura.
Puedo zambullirme acompañado en mis sábanas o solitario en mi rectangular pileta de agua cristalina.
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