SOLER

Soler la quiere tanto
A menudo Soler suele ser en extremo ingenuo con las mujeres.
Vuelve a verla cuando no quiere, pero no le queda otra, se justifica, y algo hay de verdad en esto. Ella lo llama y lo marea con 1 catarata de palabras. Lo envuelve en la enredadera de la seducción. Soler cuelga. Se ducha. Antes de cambiarse bebe un whisky. 
Sale. Está cerrando la puerta cuando se acuerda del libro. Abre  la puerta. Va hasta la mesa. Sale libro en mano.
Llega a casa de Ella. El encargado le abre sonriente. Se saludan. Se simpatizan. Cada uno ve en el otro algo que quisiera ser. Entra. Sube mejorando su imagen en el espejo enfrentado a otro espejo en el hermético ascensor de acero y por un instante flashea con el laberinto de plástico del Italpark que le gustaba casi tanto como la montaña rusa. Le abre Este, el feliz marido de Ella, que está limpiando una pecera llena de plantitas verdes. 
- Las hago crecer con un alimento de levadura -le explica.
Soler mira la sonda que desde un balde negro en el piso va al cubo verdoso - Parece un hospital del horror -piensa con aprehensión - mientras Este con sus pelos selváticos prepara ahora gelatina. Le está recitando desde la cocina la lista completa de virtudes del agar-agar cuando entra Ella a la que Soler hubiera preferido no ver hoy, pero que está viendo, radiante en su swetercito color lama tibetano. Se saludan con un beso. Este prosigue su discurso naturópata. Ella lo lleva de la mano hasta el ventanal que da a la terraza alejándose de Este que mete, poco enfático ahora, algún comentario. Soler que es en el fondo un sentimental le contesta con cortesía y fingiendo interés, bajo el influjo de las miradas de hipnotizadora profesional que Ella le clava.
-La gelatina de cajita es artificial. Gelificante y colorante.
Más miradas-quita-voluntad de Ella que dejan a Soler inerme.
- ¡Amore! - maulla Ella a Este al tiempo que dice sin pausas   - Se hace espuma de pollo con esto. Mil gracias por el libro. ¡Amore!: (¡Se va el segundo! -piensa Soler, irónico.)  Bajo y lo acompaño que se quiere ir y si no está Hernán tiene que subir de vuelta. (¿Subir de vuelta? piensa Soler,con maldad de académico. Suena horroroso.) 
Intercambio de nos-vemos con Este y la gloria de estar con Ella en el Italpark de la infancia por unos minutos, los que tarda el hermético ascensor de acero en bajar los doce pisos. 
Soler abre la puerta de calle.
En la vereda recibe en silencio las instrucciones para el encuentro clandestino de mañana. Sabe que luego recordará todo lo que Ella le dijo en tono de orden. Beso final en los labios, lejos del alcance de la cámara de seguridad (conyugal). Soler la mira perderse en el ascensor. Cruza el empedrado sonriendo. Compra cigarrillos en el kiosko del colorado tartamudo... 
Es un punto a favor que Ella siempre lo acompañe hasta la vereda, que salga de su casa, un paseo privado que Ella genera para estar a solas con él -le dice al espejo del botiquín mientras se lava los dientes. Se mete en la cama. Soler se duerme. Como suele ocurrirle soñará con Ella.  ©Fernando Enbeita


Takanaca
¡Qué días aquellos! -rememora Soler que suele ponerse melancólico en esta época del año cuando las tipas están en su esplendor y nada en el  mundo lo movería de su piso. La vista de los centenarios  árboles que mueve el viento. El tiempo que le da por llenar con recuerdos mejorados, como fotos retocadas. Ensamblando la edición de un largo documental en el improbable tiempo real. 
La desbocada potranca del ayer que huye del lazo de la  muerte. Galope  inútil a ninguna parte. Ella no volverá. ©Fernando Enbeita 

"La pucha Soler a menudo tú solés ser tan distraido"
Soler suele a veces presentir que se encontrará con quien no quiere encontrarse. Pobre Soler. Aquel al que encuentra no suele agradarle pero como el magro Utterson de su admirado Stevenson sabe que para ese infeliz es el último recurso de pertenencia a la maravillosa vida en sociedad. Por eso esa tarde no tuvo más remedio que invitar al 2 Orillas a refugiarse del calor en su bar preferido. El 2 Orillas lo esperaba en la plaza frente al 'Old Vick - despacho de bebidas de Loureiro y Loureiro' montando guardia al rayo del sol, vistiendo su único traje, oscuro, de invierno, anticuado; sin derramar una gota de sudor. El gallego  le había dicho "Ese no transpira porque no come. Si suda una gota se nos muere en la barra". Al ver a Soler aparecer por la cortada del Kavanagh saltó del banco de piedra y lo saludó como si Soler llegara tarde a 1 cita. Cita que nunca habían planeado.
- Cómo te va Soler -largó el 2 Orillas.
- Profesor Ibarguren ¡qué sorpresa!
- Dejate de títulos Soler. ¿Entramos?
- Si, claro. -respondió Soler confundido como la tarde en que su abuela paterna lo llevó al cementerio a visitar el Panteón familiar. Lo hizo bajar dos subsuelos para mostrarle su lugar físico en el más allá. La mujer señaló el nicho vacío a un Soler de 12 años fascinado por ser el descendiente del guerrero de mármol allá en la superficie.
- Mirá querido este es tu lugar. Es a perpetuidad y ... ¡gratis! -dijo la matriarca sonriente y con seguridad profesional  - no vayas a pagar ni un peso - agregó con satisfacción de vendedor de coches que hizo una venta al contado de un modelo caro. Ni 1 mención a los ataúdes centenarios, placas históricas, ni al prócer estatuario. El niño miró de reojo en el primer subsuelo y en el nivel principal las manijas de plata, el oscuro vigor de los féretros de caoba, un sable con correa granate, un par de cajoncitos de niño de pura plata. Sintió la fuerza de la anciana que adoraba en el tirón en el brazo que lo devolvió a la luz. De la patricia necrópolis caminaron unas cuadras para tomar chocolate con masitas en la casa de sus tías abuelas, dos gemelas solteronas y octogenarias, que custodiaban celosas la casa familiar de la avenida Quintana...
- La pucha Soler a menudo tú solés ser tan distraído -lo retó paternal Ibarguren, alias el 2 Orillas, que se sentía pariente de Soler por 1 peculiar asociación de su nacionalidad con la heróica acción del prócer, ancestro de Soler, en la carga del Cerrito. 
- Los escoceses esperan - ironizó 2 Orillas, fingiendo tocar la gaita, comodamente parapetado en la barra, instandólo a sentarse, a compartir los whiskis que con desprecio le había servido  Loureiro uno.
- Si, claro. Qué cabeza la mía. Disculpá. -largó Soler con cara de niño distraído que ha sido sorprendido en las nubes x 1 maestra bonachona. ©Fernando Enbeita


"Soler suele a veces decir sí"
  Soler a veces se preocupa demasiado. Sobre todo cuando tiene que decir sí cuando querría decir no. Esto lo pone de mal humor. Lleva la contradicción dentro suyo reflejada en la cara. Son las 5 de la tarde. Está en la calle. Va a encontrarse con Ella...
  La vio por primera vez en casa de Santiago donde Soler solía jugar al póker una o dos veces por semana. Le gustó la forma en que lo miraba directo a los ojos, colgada del brazo de Santiago, al que llamaba todo el tiempo 'Amor'.
Luego se cruzaron en alguna fiesta aquel invierno en que Soler festejó su cumpleaños 30 tomando copas en un bar del Bajo. Ella tenía entonces 19 años. Aquella noche entre las dos puertas de vidrio que los aislaban del frío Ella lo besó y le puso un sobre celeste en el bolsillo del saco cuando 3 bocinazos los llamaron desde la calle. Soler leyó y releyó la nota: "Mañana a las 5 en casa. Te quiero. E.". 
Se tomó un wisky. Se lavó los dientes. Se acostó sabiendo que soñaría con Ella, cosa que solía ocurrirle desde el día en que la había conocido...
  Ella le tira el llavero envuelto en un repasador que baja los doce pisos en un instante para caer en el centro de las palmas de Soler, entrenado ya por años en este deporte. Abre la puerta de vidrio y metal. Sube los doce pisos mejorando su imágen en el espejo. Como suele, toca timbre antes de abrir. Ella lo recibe radiante. Se ha arreglado especialmente para él. Sabe que esto a Soler le encanta. Le exige que la ayude a cumplir sus planes. Lo envuelve con cataratas de palabras; todas frases coherentes por separado, pero cuando Ella por fin se calla para moverse por la casa como gacela en peligro, buscando algo que encuentra para pasar a la búsqueda siguiente, Soler siente vértigo y frío al repensar lo escuchado. Es el discurso de una depredadora. Ella es un animal hermoso con instinto de perseverar y está dotada para hacerlo o conseguir quien le alivie la carga. 
Ella decide todo. Como cuando lo obligó a estar presente mientras informaba a Santiago que lo dejaba por él. Santiago los insultó fuerte, les deseó las peores desgracias. Fue toda una escena de violencia en la calle con intervención policial incluída. 
Ella se sienta frente a él. Lo mira fijo apurando la definición. Soler dice a todo que sí. 
Ella se le tira encima, lo besa, le mordisquea el cuello. El le sonríe. Ella le gime urgentes deseos al oído. El vuelve a sonreir. Luego se desnudan. Se estiran sobre la sábana celeste. Soler suele mirar en momentos como éste los cuerpos unidos nadando en el espejo. 
  Soler a veces, como ahora, es feliz. 
©Fernando Enbeita


Félix Soler 

Galopó cortando el viento para verla. Sabía bien que ni palabra cruzarían pero a sus diecisiete años la sangre le pedía estar cerca de ella. Por eso en la casa grande su hermano menor lo escuchó gritar desde el pingo "me voy a misaaaaaa ...". Ató el fiel bayo a una argolla de bronce. Cuando subía la escalera de piedra sintió una explosión, el olor a pólvora en el aire, el ardor en la espalda y todo fue sueño. No llego a escuchar el "Muerte a los salvajes unitarios". ©Fernando Enbeita



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