Negros, pardos y morenos



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Tigritud Negra y Negritud Tigre

El tigre no necesita tigrar su trigritud
pero al tigre se le reconocerá por su tigritud.
Igual el negro no necesita negrar su negritud;
pero al negro se le deberá reconocer por su negritud
como al monje por sus hábitos aunque los hábitos
no le hagan el monje.
Por eso, como lucha, es tigre la negritud pero toda tigritud
no es negra.
Y no son negras todas las luchas sobre la Tierra.
Pues el negro ha de negrar su tigritud y tigrará su negritud.
Así que, grito mi negritud y clamo mi tigritud.
Lucha negra y tigre, tigre y negra.                         Seydou Koné        
                                    
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Un pardo

El le ceba unos mates y le llora; le cuenta sus penas, por eso que "chancho que no llora no mama". Ella lo pica. El que ante todo es hombre se achispa y brilla en ingenios e insinuaciones casi finas para ser un pardo que ceba mates en la casa grande. Ella sabe que es pariente ilegítimo de su marido, lazo de sangre fundado en las irrupciones de su suegro en el jergón de una morena con pechos de niña y elasticidad de mimbre. Y aunque nadie habla de estas cosas, en las siestas de verano las viejas que ya no duermen por miedo al abrazo de la muerte, acompasan las mecedoras con el susurro de las transgresiones que sus ojos entrenados y sus oídos de animal desvalido han guardado, y sus muecas de compasión hechas a la medida para lograr confidencias, delaciones y demás bajezas han arrancado.
Negro zafio, pícaro -piensa ella.
Y la especie arremete en ardores que la hacen olvidarse que es una muchacha felizmente casada con don Joaquín del Junco y Olazábal.  ©Fernando Enbeita             

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Las cosas en su lugar

Don  Joaquín mira sus puños todavía crispados. Se acerca al espejo veneciano y descubre las salpicaduras de sangre en su rostro. Una mezcla de orgullo y repugnancia lo invaden. Orgullo por la fuerza con que sus brazos descargaron los latigazos en el lomo del pardo. Repugnancia por derramar su propia sangre.Su abuela lo había anoticiado de pequeño sobre su posición en el mundo. Y para sostenerla debía despertar. La matriarca fue clara: "Espabílate mijito o te pasarán por encima como a los zonzos". Esa invitación a la vigilia y la atención incluía un pormenorizado inventario de todos los bienes en metálico, tierras, bestias y esclavos de la familia. Al inventario le seguía la lista completa de parientes, entenados y relaciones, legítimas y ocultas. Por eso Joaquin sabía que ese pardito que miraba extasiado sus libros mientras cumplía pequeñas tareas en su cuarto, el cuarto del amito, ese que apenas le excedía en tres años, era el hijo de su padre con una negra. Ese pardillo ahora un hombre robusto y fuerte al que había mandado atar en el lugar de los castigos al que se accedía desde el picadero. Un cuadrado en penumbras con piso de tierra apisonada. En medio el poste con la argolla brillante donde colgaba el bulto sanguinolento, el cuerpo moreno de su medio hermano, al que habían descubierto leyendo.
©Fernando Enbeita

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Futebol

El equipo de soldados coloniales se acomoda en dos filas. Los de atrás parados, rodilla en tierra los de delante. El fotógrafo da instrucciones precisas que los muchachos aceptan jocosos. En el centro del equipo a los pies de un joven pelirrojo, sonriente, en cuclillas, en perfecta simetría con el grupo, se ve la cabeza de un negro. Esa cabeza, separada de la vida, fue la pelota con la que ganaron el encuentro. La sangre que mojó la tierra de Angola son estos dos coágulos en las órbitas que se clavan en mis ojos desde la foto cepia.
©Fernando Enbeita

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Esclavos pero bautizados.

"A llegar a los puertos se los amontonaba y encadenaba en barracones, salas de putrefacción donde se confundían sus excrementos y las ulceraciones de sus llagas, y la muerte continuaba diezmándolos. Cuando había sobrantes y escaseaban los compradores, se solían dejar a un lado los enfermos y cuando seguía habiendo sobrantes se les dejaba morir o se les exterminaba. Aunque  el interés comercial aconsejaba darle un buen trato a los esclavos para que así parecieran saludables a la hora de su venta."
"Antes del viaje, y para no llevar herejes, a los esclavos se les solía bautizar.(1)
 Para evitar el suicidio durante el viaje, los esclavos eran encadenados de a seis y unidos por parejas con grillos en los pies. Así se les acomodaba acostados, en las llamados armazones que se instalaban bajo la cubierta, en la bodega, que en los barcos normales se destinaba a transportar la carga. Para evitar motines se les llevaba periodicamente a la cubierta para tomar aire fresco y hacer algún ejercicio. Eran transportados en condiciones infrahumanas, y sólo recibían un alimento al día. Las enfermedades solían propagarse como la pólvora, por lo que la muerte de esclavos era frecuente, de ahí que era normal que se autorizara la carga de un 10 o 20% más de esclavos para compensar las pérdidas en el viaje."
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Extraído de:   La Vida en alta mar: Los pasajeros esclavos" Copyright 2009 - El Cuaderno de la Historiadora
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Nota de FE:
- (1) Muchas veces se reunía un grupo de negros y a baldazos de agua bendita se los "bautizaba"
en la fe del Nazareno que proclama la máxima de oro del Antiguo Testamento, "Amarás a tu prójimo como a ti mismo".
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<PIES> ©Fernando Enbeita

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<Tengo> (1964)

Cuando me veo y toco
yo, Juan sin Nada no más ayer,
y hoy Juan con Todo,
y hoy con todo,
vuelvo los ojos, miro,
me veo y toco
y me pregunto cómo ha podido ser.
Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de andar por mi país,
dueño de cuanto hay en él,
mirando bien de cerca lo que antes
no tuve ni podía tener.
Zafra puedo decir,monte puedo decir,
ciudad puedo decir,
ejército decir,
ya míos para siempre y tuyos, nuestros,
y un ancho resplandor
de rayo, estrella, flor.Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de ir
yo, campesino, obrero, gente simple,
tengo el gusto de ir
(es un ejemplo)
a un banco y hablar con el administrador,
no en inglés,
no en señor,
sino decirle compañero como se dice en español.Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede detener
a la puerta de un dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.
Tengo, vamos a ver,
que no hay guardia rural
que me agarre y me encierre en un cuartel,
ni me arranque y me arroje de mi tierra
al medio del camino real.
Tengo que como tengo la tierra tengo el mar,
no country,
no jailáif,
no tennis y no yatch,
sino de playa en playa y ola en ola,
gigante azul abierto democrático:
en fin, el mar.
Tengo, vamos a ver,
que ya aprendí a leer,
a contar,
tengo que ya aprendí a escribir
y a pensar
y a reír.
Tengo que ya tengo
donde trabajar
y ganar
lo que me tengo que comer.
Tengo, vamos a ver,
tengo lo que tenía que tener. Nicolás Guillén
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Patrice Lumumba (1925 - 1961) 
Líder anticolonialista. Héroe nacional del Congo.

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Buenos Aires  2012 - ©Fernando Enbeita - Todos los derechos reservados